¿Sabes? todo hay que sentirlo, notarlo, palparlo en lo más profundo de tu ser...

lunes, 11 de enero de 2021

La magia de sostener:

 



Lo más difícil que vas a hacer en esta vida es sostener. Sostener a quienes quieres y amas. Sostener a quienes acompañas. Sostener la fragilidad, pero también las sombras, sostener frente a la dificultad para impedir que todo se fragmente. Sostenerte a ti y sostener a otros. 

Esa es la mayor dificultad. Es una prueba de valor, de esfuerzo, de fortaleza y de confianza. Sostenemos a los demás cuando los sentimos vulnerables, pero también cuando dentro de su propio recorrido muestran sus características más inseguras. Nos enseñan a irnos rápido, a tirar la toalla y abandonar. Y está bien hacerlo, pero no siempre. Hay algo que terminamos identificando con la madurez de los años y la sabiduría adquirida y es el reconocer lo que vale la pena. Y está bien dicho "vale la pena", porque en la vida hay mucha pena, unas cuantas alegrías, pero sobre todo hay mucha adversidad. Vivir es un trabajo dedicado a las almas valientes. 

Uno no aprende a sostener de la noche a la mañana. Pero aprende con error y acierto. Aprende con el corazón y con voluntades llenas de consciencia, transparencia y cariño. Si las personas no aprendiésemos a sostener, habría muchas cosas en nuestra vida que no podríamos construir y entre las más importantes se encuentran nuestras conexiones emocionales. 

Sostenemos la mano de alguien que llora su propio duelo, sostenemos la mano de alguien que tiembla de miedo, sostenemos en un abrazo a alguien enfurecido por la frustración, sostenemos la mirada de alguien que nos encanta, sostenemos las sonrisas de alegría cuando compartimos diversión, también sostenemos cargas como pensamientos, sentimientos, obligaciones... Sostenemos desde la empatía y también desde la admiración. Sostenemos lo peor de las personas que consideramos importantes en nuestra vida, porque sabemos que son algo más que esas noches encapotadas oscuras y tenebrosas. Sostenemos porque quizás de forma recíproca esas personas también nos hacen sentir sostenidos cuando lo necesitamos. 

Sostener no es constante, no es algo que alguien nos empuje a hacer, no es todos los días... Es el momento correcto, en el segundo preciso... Así funciona el sostener. Cuando al mirar con los ojos del alma vemos al otro caer a un abismo, un profundo abismo dentro de su experiencia de vida, dentro de su existencia. Entonces lo sostenemos, antes de que se precipite sin solución y se estampe contra la oscuridad. 

Sostener es salvar a los demás de lo difícil del entorno y de lo difícil de si mismos. Y es, sin duda, el gesto más generoso y amoroso que podemos compartir. 

En la vida no se necesita mucho para ser feliz, pero saber sostener y que nos sostengan es sin duda una de esas piezas de valor incalculable que añaden bienestar. Dejemos de huir, de abandonar, de rendirnos... Y aprendamos a sostener, los que nos acompañan son tan frágiles como nosotros mismos.

domingo, 13 de diciembre de 2020

 Caminarás dubitativa, pero al final siempre te encontrarás en el abismo del miedo. El profundo e impresionante abismo del miedo, donde precipitarás una mirada y solo recibirás oscuridad, como quien tira una piedra esperando escuchar un cercano choque contra el agua y al contrario solo lo oye lejano, muy lejano. Pero cuando miras el abismo del miedo, en realidad no recibes nada. No hay roca que se estampe contra el agua, solo eres tú y esa inmensidad que lo contamina todo con su profundo peso. 

Qué arduo trabajo resulta, a veces, esa emocionalidad humana, que todos guardamos con tesón bajo el arropo de cientos de máscaras con las que maquillamos esa cuidadosa realidad que proyectamos al entorno. ¿En qué momento decidimos escuchar más al miedo que al amor, que a la esperanza o que a la ilusión? Y ahí estamos, taciturnos en un mundo que en ocasiones pierde su color. 

Cuando uno siente miedo, todo lo demás se espanta y nos encontramos vacíos, solos, ausentes y en crisis.

Nadie puede venir a rescatarnos de nuestra propia batalla contra nuestros miedos, nadie puede ahuyentarlos, minimizarlos, atraparlos, amarrarlos, contenerlos, disminuirlos... Es un trabajo individual, que requiere de valentía y de humildad. Qué emoción tan fea, tan intensa, pero tan buena maestra. 

domingo, 6 de diciembre de 2020

La obligada felicidad como enfermedad:

 


El optimismo y el positivismo son conductas y expresiones, a menudo, confundidas. Pero sin duda la naturaleza humana nos lleva, de manera natural, a no estar siempre optimistas ni tampoco a estar siempre positivos. Forma parte de la vida. Desgraciadamente vivimos en una realidad desnaturalizada. 

Esta no es la primera vez que escribo sobre algo así, pero me parece un tema necesario para refrescar y tenerlo presente en los tiempos que corren. Huxley, en uno de sus libros, hace mención a la libertad como el mayor afán del ser humano... Desde su reflexión, que no recuerdo literalmente, nos empuja a un signicativo pensamiento ¿quién es más libre? ¿el que solo busca una ilusa felicidad o el que siente el devenir de la vida de manera natural? Experimentando también todo aquello que no es fácil, obteniendo desde ahí otra importante belleza. 

En nuestro momento actual casi todo lo que nos rodea nos direcciona hacia la felicidad, una felicidad convertida en la mayoría de los casos en perfección y materialismo. No es sólo consumir por consumir, es consumir por el hecho de llenar el vacío. Y no solo es comprar lo material, nos hemos puesto precios bajos a nosotros mismos. Nos sentimos condenados a encontrar así la felicidad. Nos sentimos influenciados a no vivir lo "real" y lo "profundo" de la existencia. 

Existir es difícil desde que el ser humano tiene consciencia de si mismo y esto no es algo que deba apenarnos o asustarnos. Existir implica un montón de cosas complicadas, a veces no son alegres, y otras tantas cosas mucho más ligeras y livianas, que a menudo son las que nos dan una felicidad más efímera. Adictos a esa nube que nos ahoga y que nos hace olvidarnos de lo importante, recorremos nuestra vida desde el sendero de la "obligada felicidad" convirtiendo esta obsesión en una desagradable enfermedad que nos agota. 

Nos sentimos culpables si lloramos. Nos sentimos culpables si nos levantamos con el pie izquierdo. Nos sentimos mal con nosotros mismos porque no hemos sonreído lo suficiente, no hemos sido lo suficientemente alegres, dicharacheros, espontáneos, porque no nos hemos aprendido los mejores chistes a compartir en la oficina, porque no hemos hecho reír lo suficiente... Ponemos nuestros objetivos de bienestar en cifras, que tarde o temprano, podríamos conseguir alcanzar (según la vida de cada uno) y pensamos "qué desdichados aquellos que no tienen ese coche último modelo, ese smartphone tan molón o esas cifras redondas que llegan con el nombre de nómina". Y ahí, sucumbidos por lo superficial, nos olvidamos de sentir realmente. 

Se nos olvida el valor de las pequeñas cosas. Se nos olvida abrirnos con la gente, empatizar o ser más humanos. Se nos olvida amar, si el amor no está ligado a algo material... Damos demasiada importancia a regalos y muy poca a segundos que no volverán. Pero al margen de todo esto, lo más preocupante de todo es esa desconexión con lo natural, con lo natural de ser humanos. 

Nos aterroriza sentir. Como si sentir fuese una condena para la mente, para el cuerpo y para el alma. Nos aterroriza llorar, como si llorando fuésemos a rompernos en mil pedazos, cuando en realidad llorar arregla más de lo que pensamos. Nos aterroriza caminar por esas partes tan profundas de nosotros, donde habitan las partes menos atractivas, a pesar de su belleza. Si lográsemos comprender que precisamente esos caminos son los que nos llevan a nuestra libertad, tiraríamos abajo esa estructura de pensamiento que nos ata a una falsa felicidad como propósito. 

No se trata de estar infeliz siempre, pero es cierto que de la infelicidad han nacido obras maravillosas y pensamientos y reflexiones filosóficas que nos ayudan a entender muchas cosas. No se trata de estar enfadado siempre, pero experimentar el enfado nos ha permitido también madurar y cambiar sociedades... El enfado por las injusticias ha levantado más pueblos que este opio que consumimos de felicidad falsa. Se trata de saber navegar en el devenir de las emociones, sin vomitarlas con una repugnante cara de asco, sintiéndonos avergonzados por poder experimentarlas o haberlas creado dentro de nosotros.

Al final, como siempre digo, somos niños aprendiendo a ser adultos. Lo seremos toda la vida, a pesar incluso de rebosar cantidades enormes de sabiduría. Porque entre sabiduría y sabiduría se encuentra la vulnerabilidad y la fragilidad que no caracteriza, dos polos que emanan de los sentimientos y de las emociones. 

Todos sentimos dolor, todos sentimos inseguridades, todos tenemos terror a ser dañados y a menudo relacionamos ese daño con amor, con confianza o con otras emociones. Todos queremos estar lo mejor posible, en muchas ocasiones huyendo de nuestros propios demonios... Los demonios de lo humano, de lo sentimental, de lo sensible... Y en el fondo, no muy al fondo pero en el fondo, lo que realmente anhelamos es libertad, libertad personal, libertad de poder sentir y ser, sea en compañía o en solitario. 

Y es que esa libertad la sentimos aún más cuando hemos logrado descargar la congoja que nos asfixiaba, que cuando nos empecinamos a ser los más felices consumiendo cosas vacías, sin compromiso y sin una realidad objetiva de valor. Relacionado con esto, estas conductas también nos llevan a restar importancia a las conexiones humanas y a las relaciones. No sólo nos hemos puesto a buscar, como locos enceguecidos, la felicidad en aquellas cosas que podemos obtener con cierta inmediatez y que pagamos con un dinero que ha puesto cifra a un valioso tiempo que jamás recuperaremos, también nos hemos puesto a consumir relaciones vacías como una forma de sentirnos lo más salvaje y libres que podamos, quitándole importancia a los humanos, a nuestras emociones y a las suyas. Un mundo que favorece conexiones vacías, como un amor líquido que jamás se quedará a los pies de nuestra cama si caemos gravemente enfermos. Un amor líquido, que no nos acompañará en nuestra evolución personal. Un amor líquido, con el que no podremos hablar de nuestras inquietudes, no podremos compartir nuestro sentir, ni podremos contar con él cuando necesitemos del consuelo más profundo. 

La obligada felicidad como enfermedad se muestra con un sinfín de caras en estas sociedades donde lo auténtico, lo real, lo que nace del corazón... Es desterrado para poner en su lugar lo vacío y lo que sin duda nos corta realmente la libertad. Y sin libertad, querido lector, jamás hallará una dicha plena, algo más jugoso y más enriquecedor que una falsa felicidad.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

La efímera belleza del tiempo:

 


La efímera belleza del tiempo que avanza sigiloso convirtiéndose, rápidamente y de manera inevitable, en pasado. Soy muy consciente de todo el tiempo que he perdido, a pesar de mi juventud. Cuando me di cuenta de que había tirado un año de mi vida sin vivirlo, sufriéndolo más que disfrutando, caí en la cuenta del valor tan increíble que tiene cada minuto irrecuperable. 

Desde entonces me propuse hacer algo más con cada segundo. Me propuse valorar la presencia de los que amo, ser cortés con su existencia y apreciar con gratitud cada segundo que comparten conmigo. 

La efímera belleza del tiempo es lo que te recuerda que han pasado más años de lo que crees, te das cuenta al ver la foto más antigua de tu galería. Te das cuenta cuando un recuerdo intrusivo cruza por tu cabeza. Te das cuenta cuando te miras al espejo. También te das cuenta cuando te escuchas hablar o cuando miras a tu entorno y ves el cambio que hay en ellos, ese que tanto te cuesta reconocer a ti pero que también está en tu interior. 

La efímera belleza del tiempo nos hace estar más presentes, pero solo si somos testigos presentes de su avance. Y es que el tiempo nos empuja a aprovechar las cosas de verdad. El mismo tiempo nos sana y nos vuelve a llevar hacia caminos de aventura, de amor, de atrevimiento, de decisiones... Y lo único que avanza es, como siempre, el tiempo. Es interesante cómo hemos intentado huir constantemente de esa realidad, porque nos acongoja la verdad que esconde el tiempo, y es que todo tiempo tiene un fin y un final y en ambos polos nos sentimos incómodos. Sin embargo, la disyuntiva de esta situación se encuentra en que si uno es capaz de valorar el tiempo, exprimirá aún más su propia vida y su propia existencia, he ahí la belleza del tiempo, la cual a su vez es efímera como el propio tiempo.

No resulta extraño escuchar a nuestros mayores hablando de su pasado, como si fuese algo que ocurrió ayer. Las arrugas de su piel nos indican que esa historia tiene como mínimo 20 o 30 años, aunque en sus recuerdos esté imborrable y con la frescura que desprendía en aquel momento.

A menudo me ocurre que por mi manera profunda de vivir las cosas muchas personas de mi edad se sienten sorprendidas, miedosas, inseguras... Al escucharme hablar de esto. Sin embargo yo lo hago como una ofrenda, un regalo de quien desea que abras los ojos. Quién tiene consciencia sobre algo, puede sacarle más poder, más valor y disfrutarlo mejor. 

Si te dijesen cuándo vas a morir, dejarías de procrastinar las cosas y a las personas que te importan por otras decisiones que no suman ni aportan calidad de vida. Ese es el truco, no lo sabemos, solo somos conscientes de una certeza: el tiempo avanza. 

El tiempo avanza y es por eso que deberíamos vivir más. El tiempo avanza y es por eso que deberíamos amar más. El tiempo avanza y por eso que deberíamos abrazar más, bailar más, esforzarnos más... Pero que esto no lleve al lector a una vana idea equivocada de un "carpe diem" irresponsable. No va por ahí la intención de este texto. Intento acompañarle a observar las cosas que tienen un valor más emocional y sentimental, precisamente esas cosas que infravaloramos en un mundo de materia superficial, de inmediatez y de ligereza. 

Hemos llenado nuestro tiempo de vacíos, no de personas. Hemos llenado nuestras conexiones de superficialidad, no de profundidad. Nos hemos puesto una venda en los ojos, pero el tiempo avanza. Avanza con su belleza y también con todo aquello que rechazamos de su avance.

El tiempo nos lleva a despedidas, esperadas e inesperadas. Nos lleva a la vejez, donde a menudo nos sentimos orgullosos por haber vivido un pasado donde preveníamos o nos arrepentimos por haber vivido un pasado sin pensar más allá del ahora. El tiempo nos lleva a un instante donde quizás nos paramos a pensar en como habrían sido las cosas si fuesen diferentes. Y nos lleva a madurar. 

El tiempo es uno de nuestros compañeros más fieles, siempre está ahí, nos enseña sobre humildad, sobre perdón, sobre progreso, sobre errores, sobre sabiduría, sobre amor y también sobre nosotros mismos. El tiempo es el maestro que nos hace ver la vida y la muerte, mientras nosotros seguimos caminando. Y esto no es malo, uno no se debe aterrorizar por lo natural y por lo inevitable, uno debe ser consciente de que esas cosas ocurren para poder sacar el mayor partido de lo que ahora tiene. Sólo así comprendes la efímera belleza del tiempo. 

lunes, 30 de noviembre de 2020

Mujeres y humor:

Uno de los actos más revolucionarios, y que durante mucho tiempo fue señalado y condenado, es el de una mujer con iniciativa para hacer reír y capacidad para crear un contexto gracioso. 


El humor está muy sexualizado, prácticamente desde que el ser humano es lo que es. Porque la mujer siempre ha sido delegada, relacionada, empujada... Hacia lo más "sutil", lo más frágil, lo que solo llama la atención con su belleza, nada de usar el ingenio, nada de usar la inteligencia, nada de superarse a si misma, nada más allá de las establecidas cadenas que el sistema ha impuesto.

En los últimos años existe una revolución, latente, en el mundo del humor de mano de muchas mujeres. Lejos de inundarnos con un humor suave, apto para todos los públicos y cándido, como mucha gente espera de un producto hecho por mujeres y para mujeres, estas humoristas se animan con algo más y rompen la tan tóxica y paralizante idea de que la mujer no puede hacer reír con el absurdo, con lo soez, con lo vulgar, con lo idiota o con lo sexual. 

El humor es un acto, un signo y una demostración, de inteligencia. Sin duda quien sabe reírse, incluso de si mismo, está en otro nivel de inteligencia. El humor ayuda a gestionar ideas, sentimientos, emociones... Y a relativizarlo, eso nos libera de los pensamientos intrusivos. El humor añade chispa, pero además nos ayuda a pensar de otra forma. Las maneras en las que el humor se ha ido mostrando en cada sociedad han avanzado de acuerdo a las libertades y a la evolución de cada sociedad. Los humores son diferentes según esa influencia de país, de lugar de procedencia, de cultura. Como acto, signo y demostración de inteligencia el humor no era bien visto si se llevaba a cabo a través de las mujeres; incluso en los rituales de ligoteo la mujer es la que ríe y el hombre quién le hace reír. 

Por suerte esto está cambiando. La confundida imagen de que la mujer no puede reír o hacer reír desde lo absurdo, que tiene que estar cuidando su imagen sobre aquello que le hace soltar una carcajada, está transformándose. La mujer, como el hombre, desde su plástica inteligencia tiene la capacidad para reír y hacer reír desde lo más tonto hasta lo más inteligente. No tenemos que estar guardando una apariencia sofisticada que nos asfixia y nos impide reír de todo, la mujer puede utilizar el humor de la misma manera que un hombre y disfrutar en igualdad de condiciones.

Una mujer tiene la misma capacidad que un hombre para hacer reír desde el escenario, ya sea hablando de los últimos y más ridículos polvos que ha echado, hasta pasando por la burda imitación, pero desternillante, de algún personaje público. Y es que en el momento que nos impidieron todo eso, nos separaron sin duda de una forma fundamental de expresión y conexión. 

Reír, hacer reír, tomarse las cosas desde el humor, consumir productos cómicos (monólogos, programas televisivos o de radio, series, películas...) es una esencial manera de conectar con el mundo, no sólo de forma individual, también compartiendo. Porque resulta esencial que, por ejemplo, en amistades o relaciones sentimentales los implicados compartan las mismas formas de humor, la risa es el lubricante natural por el cual penetra la felicidad. Saber reír de las mismas cosas es sin duda un placer indescriptible. Hacerse reír mutuamente y conectar, desde esa dialéctica al mismo nivel de humor, es un pegamento maravilloso para todas las relaciones sociales. Y de todo eso, de todas esas implicaciones y de muchas más que me he dejado en el tintero, es de lo que nos separan cuando se clasifican las formas de humor como masculina y femenina, dividiéndolas e impidiendo cruzar las falsas fronteras construidas por los estigmas sociales que hemos ido heredando. 

 

viernes, 27 de noviembre de 2020

Sensibilidad e independencia:

 

La sensible inocencia de un niño le empuja a proteger un gato de la lluvia con su propio paraguas.

A menudo se asocia la sensibilidad con un concepto débil, frágil y estrechamente ligado a la codependencia. El mal pensar genérico nos hace creer que todas las personas sensibles son frágiles, poco resolutivas, necesitadas de apreciación externa, sin capacidad para encontrar soluciones, sin ímpetu para tomar decisiones, sin valor... Como almas en pena que necesitan sí o sí del empuje de otros para caminar en su propio sendero. 

Se asocia sensibilidad con un perfil delicado, donde una persona puede llorar constantemente, duda de si misma o no tiene la voluntad ni la capacidad para defenderse o poner límites. Es como si asociásemos la sensibilidad a todo lo que nos convierte en alguien incapaces, hasta un punto donde pensamos que las personas sensibles no pueden hacer nada. Pero esto no es así.

Yo voy a partir desde mi propia percepción, que puede ser parecida, igual o diferir de la percepción del lector que me está presentado ahora atención... Sí, puede que Ud. y yo tengamos una opinión diferente en esta cuestión. Me gusta considerar que la mayoría de personas son sensibles, cada humano con su grado de intensidad o profundidad, algo que no les convierte en alguien mejor o peor, simplemente en alguien diferente. 

La sensibilidad es la capacidad para sentir, sin ella no podríamos querer, encariñarnos, defender lo que nos parece injusto, no podríamos empatizar... La sensibilidad también nos empuja a construir nuestra vida personal, nuestros lazos sociales, nuestras conexiones emocionales. Teniendo en cuenta esto, podemos imaginar que como decía todos somos sensibles con sensibilidades diferentes, con niveles distintos. Hay personas que se caracterizan por tener una sensibilidad a flor de piel, pueden proyectarlo/exteriorizarlo o pueden llevarlo por dentro.

Sensibilidad no es solo llorar por una situación emotiva, muchas personas son sensibles y apenas lloran. Sensibilidad es sentir, lo quieras compartir, mostrar, expresar o no. Por otro lado, la codepencencia y la sensibilidad pueden coincidir en un perfil de persona o puede que no, pero ambas características son divisibles la una de la otra. Sin embargo, desgraciadamente, nos han hecho creer lo contrario y eso ha empujado a que intentemos ser lo menos sensible posibles, porque no vaya ser que por sentir nos pongamos a depender y eso sería la ruina de nuestra existencia. 

De forma objetiva habría que analizar la dependencia. Y me explico, para todo se necesita depender aunque según la cantidad la dependencia es sana o insana. Dependemos del sentido de pertenencia que es el que nos empuja a "sentirnos parte de algo" en la familia, en el grupo de amigos, en el equipo deportivo, en el equipo de trabajo e incluso en una relación sentimental. Sé que muchos, empujados por el miedo y el desconocimiento, al leer esto negaran rotundamente... Les doy un consejo: no nieguen nada con rotundidad, déjense sorprender por la vida. 

Ahora que entendemos que existe la dependencia sana, porque está ahí y es lo que nos empuja a sentirnos parte de algo (forma parte de la naturaleza humana) seguiré desmigándoles sobre la sensibilidad. La sensibilidad es fundamental para un mundo más empático ¿saben quienes carecen de sensibilidad? Psicópatas, narcisistas y perfiles parecidos. 

La sociedad nos hace asociar solo algunas formas demostrativas de sentimientos como sensibilidad y muchas de ellas, como decía, las etiqueta de algo negativo para nuestro propio desarrollo. Considero que estamos en el momento más importante de nuestra vida para de-construir esa forma de pensamiento y transformarla en algo más evolucionado. En resumen considero que existen tantas formas de sensibilidad como de personas hay en el mundo y que ser sensible no está reñido con aprender a ser independiente, individual y resolutivo de forma saludable. 

Es más, me atrevo a decir que muchas personas que son independientes, resolutivas, fuertes... Y que lo han demostrado a lo largo de su vida, son a su vez personas con una alta sensibilidad. Porque precisamente la sensibilidad es la que nos empuja muchas veces a la superación, pero también a la colaboración, a la ayuda, a la transformación, a la re-construcción... Sentir las cosas es lo que nos enseña, de buena y mala manera, a tomar mejores decisiones de forma autónoma y decidida. 

Me parece prioritario dejar de vincular conceptos y perfiles humanos, creo que es urgente y esencial comprender las cosas por separado y no confundirnos más. Las personas sensibles también maduran su sensibilidad, tienden a ser introspectivas y responsables emocionalmente, procuran adelantarse a acontecimientos emocionales y por eso son precavidos. 

La codependencia es una necesidad por falta de confianza en uno mismo y falta de valoración personal, que muchas veces se ve proyectada como una desbordante cascada donde el individuo busca desesperado en el exterior lo que no es capaz de aceptar en su interior (o de aportarse) ocurre en personas que no saben estar solas, personas que sienten un vacío que les aterroriza. No todas las personas sensibles son codependientes, ya que muchas aman su soledad porque les ayuda a poner en orden sus pensamientos y a gestionar mejor las emociones y las emociones de las que se han impregnado en sus entornos. 

lunes, 23 de noviembre de 2020

No cuantifiques el amor:

 

Una madre se sacrifica para tirarse años de misión y así conseguir el dinero que dará una vida mejor a sus hijos. El sacrificio es también una forma de amor cuando se hace por un bien mayor. 

Somos el resultado del amor. Del amor que ponemos en nuestras acciones, del amor que nos sentimos hacia nosotros mismos, del amor que otros sienten también hacia nosotros, del amor que sentimos hacia otros. Una parte importante de nuestras acciones y decisiones se basan en amor, otras no y nos gustaría que fuese que sí para poderlas justificarlas con lo que da más "razón de ser" a nuestra existencia.

Necesitamos formas de amor en nuestra vida, aunque vivimos acojonados, sin embargo nos empapan a diario. Vivimos acojonados, acongojados, miedosos... Porque asociamos la palabra "amor" a una única realidad, rígida, inmóvil, sólida... Sin embargo, amor son muchas cosas, algunas puede que ya las conozcas y otras puedes que las vayas a conocer ahora. 

Las formas de amor son inescrutables e infinitas, empezando por el amor que nuestros progenitores o tutores han puesto en nosotros, pasando por otros gestos como la generosidad de los que nos rodean, la ayuda que nos ofrecen quienes nos valoran, la apreciación de nuestros amigos o el cariño de nuestra pareja. Hay muchas formas en las que el amor está presente, desde un sincero y honesto "Hola, ¿cómo estás?", hasta un hermoso "deseo que hoy tengas un buen día". Formas de amor también son cuando alguien nos recuerda nuestro valor personal, sobre todo cuando nos ve de capa caída, taciturnos y embriagados por la tristeza. 

Las buenas intenciones también están impregnadas de amor. Los detalles en lo cotidiano rebosan amor. Que alguien se presente en nuestra casa con un pack de cervezas y una divertida película para pasar el rato, es otra forma de amor. La mayoría de los seres humanos tenemos la capacidad de amar, ocurre que hemos asociado el verbo amar, y el sentimiento, a una única verdad absoluta, despojándolo de su innata polivalencia para aparecer en cualquier instante de nuestra vida. Todas nuestras relaciones personales se basan en formas de amor: el compañerismo, la amistad, las parejas, la familia... Todas ellas son estructuras que se consolidan en formas de amor. 

Las formas de amor también son los agradecimientos, las risas, el cuidado físico, las llamadas, los mensajes, los buenos deseos, las caricias, los abrazos, los besos y el sexo. El sexo es una de las formas donde el humano puede explorar la forma más física y salvaje del amor. Existen tantas formas de amor, de demostrar afecto, como de personas hay en el mundo.

 Desgraciadamente seguimos cuantificando el amor, lo hacemos cuando ponemos una etiqueta de "mejor amigo" a alguien que queremos, lo hacemos cuando preguntamos si nos quieren mucho o más, lo hacemos cuando intentamos introducir algo etéreo, pero sentido, en unos moldes de hormigón establecidos por nuestra incapacidad para vivir sin etiquetas. 

No cuantifiques el amor, el amor se da en la medida que se puede en cada circunstancia, con cada persona o animal y en cada momento. El amor cambia, las formas de amor cambian, ellas se adaptan a nosotros y nosotros nos adaptamos a ellas. El amor no desaparece, solo cambia de lugar, solo se transforma en otra forma diferente. Dicho de otro modo, una amistad puede evolucionar a un amor en pareja y un amor en pareja puede evolucionar a una amistad. Ahí el amor no se ha ido, se ha cambiado de ropa pero sigue presente. Todos tus vínculos, todos lo que te importan, están nutridos con amor, porque no podría ser de otra forma. 

No cuantiquéis el amor, solo podemos vivirlo. No imaginéis el amor como las películas donde te enseñan que todo es un camino de rosas, el amor es un ejercicio diario contigo mismo y con los demás. Todos los días decides amarte, quererte y valorarte, todos los días das pasos para tu mayor bien, para mejorarte, para superarte... Igual haces con las relaciones que te rodean, tú decides seguir alimentándolas y cuidándolas por el amor que os une. Es una decisión diaria, empujada por nuestra parte más sensible, por nuestra parte más humana. 

Asociamos con rapidez el amor como una decisión loca que nos empuja a hacer cosas absurdas, como si eso fuese lo único a lo que nos lleva. El amor a los amigos te lleva a crear una familia, a base de decisiones, que son el respaldo y la compañía en tus momentos de dureza, quienes te protegen las espaldas en las trincheras de la vida. Y así con todos los amores de tu vida. No es una idea utópica o absurda, no es un cuento infantil, porque lo cierto es que lo que nos empuja a sentir cariño hacia los demás es el amor y sin cariño no hay amistad, no hay confianza, no hay uniones, no hay conexiones. 

El amor nos hace madurar y crecer. Todas las formas de amor nos llevan hacia esa meta, nos guían por ese sendero. Porque conforme más años tenemos, somos más capaces de diferenciar qué es el amor para nosotros y qué no, somos más conscientes de cómo cuidarlo y protegerlo, también de qué formas de amor encajan mejor con nosotros. Ya no nos vale cualquiera, la madurez de la vida y hacia la que nos ha llevado también nuestro amor propio nos hacen darnos cuenta de que nuestros deseos, decisiones, nuestra alma o nuestra esencia encaja en unas u otras formas de amor, y no en esas donde tantas veces nos habíamos esforzado por hacer "click".

Amor también es sacrificarse. Sacrificarse para uno mismo, pero también sacrificar algo que te importa para los demás. En la vida vas a tener que aprender a vivir entre el polo del egoísmo sano y el polo del desapego o sacrificio, a veces tendrás que soltar cosas, dejarlas ir o dar en abundancia hacia otros; la paradoja del amor y de sus infinitas caras. 

 No cuantifiques el amor, no lo hagas tampoco en años, ni en meses, ni en días... Se puede sentir amor por las personas durante toda la vida, incluso aunque ya no las veas más. También se puede sentir amor verdadero durante un instante, durante años, durante días... Y que luego ese amor cambie de nuevo. El tiempo es relativo y muchas veces, para las cosas que realmente importan, el tiempo es irrelevante.

No cuantifiques el amor pensando que amabas más a unas personas que a otras, porque el amor no tiene una báscula donde le puedas poner un peso y desde ahí un valor de mayor o menor, tampoco tiene una unidad de medida, ni una unidad de magnitud o numérica. El amor escapa a esos esquemas lógicos repletos de cálculos. No se quiere más o menos a la gente, se la quiere diferente. No se ama más o menos a la gente, se le ama diferente. 

Hasta que no logres entender esto, no podrás ser testigo consciente de cuántas formas de amor entran en contacto contigo a diario y cómo al interactuar contigo dan un valor incalculable también a todas tus experiencias, incluso a las cotidianas.